José Miguel Santiago Castelo

En julio de 1985, el despacho de Castelo estaba en el centro de la Redacción, al lado del Gabinete telegráfico (donde se recibían los teletipos, las fotos de agencia y los telex) y detrás de la mesa del Redactor Jefe de continuidad. Él no estaba. Se acababa de marchar a Palma de Mallorca, donde pasaba entonces los veranos como cronista de la isla (actividades de la Casa Real incluídas) para una sección que tenía ABC entonces y que se llamaba España en Vacaciones. 

Llegó el mes de octubre y José Miguel Santiago Castelo, por aquel entonces Redactor Jefe de Colaboraciones, se reincorporó al trabajo. De aquel despacho, hasta entonces silencioso, empezó a emerger su tonante y acogedora voz. «¡Fernando, querido, qué alegría oírte! o ¡Un fuerte abrazo, Don Julián!» Eran palabras que se podían escuchar en cualquier rincón de aquella todavía familiar redacción de ABC.

Castelo tenía por aquel entonces treinta y siete años, pero a mí me parecía mucho mayor. José Miguel siempre ha tenido aspecto de «señor mayor». Le recuerdo vestido con un traje gris, con un chaleco en cuyo bolsillo (tal vez la imaginación adorne la memoria) descansaba un reloj de cadena. La perilla, las gafas y su peinado completaban la estampa decimonónica, de «anarquista de derechas», de un hombre que, lo supe con el tiempo, era uno de los símbolos y pilares de aquel ABC en el que yo acababa de entrar y que, como Castelo, se ha convertido en una parte fundamental de mi vida.

Su pasión por el ballet -avivada en el Festival de La Habana, al que acudió en varias ocasiones, me permitió tratarle más de cerca, y descubrir a un hombre lleno de afabilidad, bonachón, cariñoso, desprendido, cordial, extrovertido y campechano, además de culto, sensible y educado. Lo he escrito en ABC. Su despacho, un «confesionario laico», como él mismo lo definía, era lugar de peregrinación para todos -yo creo que sin excepción- que buscaban el refugio de su comprensión, su consejo, su cariño y su sabiduría. Siempre tenía la palabra aliviadora, el gesto cálido que necesitábamos.

En 1992, viajamos juntos a La Habana, precisamente al festival de Ballet que cada se celebraba cada dos años. Venía también con nosotros David Calle, fotógrafo entonces de ABC, y la «expedición española» se completaba, si no recuerdo mal, con Cristina Marinero, José Osuna y Óscar Argüelles (cuya hija, Arantxa, bailaba «Don Quijote»). Allí tuve el privilegio de compartir muchos momentos con José Miguel: de comprobar el enorme respeto y admiración que sentía todo el mundo por él, incluso en la Cuba oficial, a pesar de ser subdirector de un periódico irrenunciablemente crítico con el régimen castrista. Pero él se los había ganado a todos con su generosidad y su simpatía.

En La Habana, y salvo en los espectáculos, en los que volvía al traje y corbata, su uniforme era la guayabera o el polo rematado en las mangas con la bandera española (souvenir de las regatas veraniegas de Palma de Mallorca). De su mano conocí aquella ciudad maravillosa, que le tenía enamorado y fascinado, en la que tenía todas las puertas abiertas, y en la que disfrutaba como pocos. Se despertaba pronto -me contaba- y ya desde las siete de la mañana ponía «su despacho» en el hall del hotel Presidente, adonde se acercaban a verle muchos cubanos a los que traía cartas y regalos desde España, y que le entregaban también misivas y cosas para sus familiares que vivían en nuestro país. A mediodía compartíamos muchos días un mojito a la orilla de la piscina y por la noche, en la «guagua» que nos llevaba al Gran Teatro de La Habana -el antiguo Centro Gallego de la capital cubana-, Castelo, orondo, feliz, aliviaba su calor y las gotas de sudor que corrían por sus patillas con un pequeño abanico negro que siempre llevaba en el bolsillo de su chaqueta.

Dentro de este mundo del espectáculo hizo muy buenos amigos: Alicia Alonso, Julio Bocca, José Caturla y su mujer, Carmen Yepes, y sobre todo Lino Patalano, su «hermano argentino». Apasionado también de la copla, género que conocía como nadie, cultivó la amistad de artistas como Celia Gámez. No me resisto a reproducir lo que contaba de su primer encuentro: «Cuando yo llegué a Madrid en 1964, busqué en la cartelera “Las Leandras”. La censura le había cambiado el título: “Mami, llévame al colegio”. Se representaba en el Teatro Martín. La entrada costaba 80 pesetas y era autorizada solo para mayores. Yo siempre fui corpulento y a pesar de que tenía 16 años, me colé. Fue una tarde muy buena. Regalaban una cestita de plástico y como fin de fiesta, Celia cantaba tangos. Me impresionó». 

Era profundamente generoso. Tenía la mano presta para pagar allí donde él estuviera, y era pródigo en regalos. En una ocasión, fuimos juntos a Badajoz -en un taxi que le llevaba habitualmente a la Academia Extremeña- para formar parte del jurado de los Premios Extremadura (yo formaba parte, gracias a él, claro, del que otorgaba el galardón a la creación). A la ida o a la vuelta, no recuerdo, paramos junto a una pequeña tienda. De ella volvió con un par de paquetes. Cuando, ya en Madrid, nos despedimos, me dio uno de ellos. «Toma, niño, esto es para tí y tu familia. Un pequeño recuerdo de mi tierra». En su interior había chorizo, lomo, jamón... Un lote de embutidos ibéricos igual al que él había comprado para sí mismo.

A José Miguel Santiago Castelo le debo mucho, tanto en lo profesional como en lo personal. De él he aprendido, por su ejemplo, el valor de la lealtad, la importancia de la maestría, de la rectitud, la alegría de la generosidad, el afecto, el desprendimiento... «Te quería mucho», me ha repetido en las últimas semanas su inseparable Urbano. Yo también. Hay decenas de recuerdos que seguramente me vendrían a la mente si me parara a pensar. Podría recordar sus lazos con tanta gente, su devoción por tantas gentes (empezando por su hermana Lola, que le dejó un gran vacío al morir), citar muchas frases con rebuscar en la memoria. Pero no quiero hacerlo. Quiero escribir desde la alegría que me da recordar su imagen bonachona y siempre sonriente. De José Miguel he aprendido mucho. Y voy a seguir haciéndolo. Como tú mismo dirías, ¡Un abrazo, querido!

La foto, que hizo David Calle, es de 1992, y se tomó en uno de los balcones del Gran Teatro de La Habana. Junto a José Miguel y a mi está Cristina Marinero

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