Nada tras la puerta

Se nota la mano de Ernesto Caballero en la programación del Centro Dramático Nacional, que en estos dos últimos años ha sido un refugio para los dramaturgos españoles vivos (el mismo Caballero lo es), y un lugar, también, donde desarrollar proyectos, algunos arriesgados y, desde luego, escasamente comerciales. La defensa del autor español debe ser, sin duda, una de las líneas de trabajo de una entidad como del CDN.

Al margen de los montajes del ciclo Una mirada al mundo, la temporada del CDN se ha abierto en el teatro Valle-Inclán con Nada tras la puerta, una pieza polifónica (Juan Cavestany, José Manuel Mora, Borja Ortiz de Gondra, Yolanda Pallín y Laila Ripoll son sus autores) concebida y dirigida por Mikel Gómez de Segura. 

Los reportajes de Hernán Zinin, un periodista argentino afincado en España, son el punto de partida de Nada tras la puerta. Más concretamente, son las mujeres que aparecen en sus reportajes; mujeres que viven en el tercer mundo o en ese Sur que no es solo una descripción geográfica sino también una situación social. Mujeres víctimas del abuso, de la explotación, del atropello, de la humillación... por su doble condición de mujeres y miserables.

El texto de Juan Cavestany, «Final del partido», envuelve las otras cuatro historias. Tres amigos del Norte están viendo un partido de fútbol donde destaca un joven jugador que, según se dice en la obra, «se crió en una chabola sin luz ni agua» y «ahora gana un millón de euros por dar patadas a un balón». Sobre esta pauta se posan «Lo único que tienes: tu cuerpo», de José Manuel Mora, sobre el turismo sexual: «Ayer, mañana», de Borja Ortiz de Gondra, donde se cuenta la historia de una joven nacida fruto de una violación, a la que su madre reclama que la vengue matando a su padre; «Yus», de Yolanda Pallín, sobre la adopción y compraventa de niños; y «Najla», de Laila Ripoll, que habla de una niña de doce años obligada a casarse con un hombre mucho mayor que ella.

Son historia desgarradoras, atroces, y el leit motiv que las reúne -las diferencias sociales entre Norte y Sur, y los abusos que el primero comete sobre el segundo amparado en su supuesta superioridad- podría ser fácilmente traducido en una obra-mitin llena de doctrina y moralina. Mikel Gómez de Segura opta, precisamente, por lo contrario, y su montaje está lleno de poesía. La preciosa escenografía de Elisa Sanz es el espacio donde su director convierte las cuatro historias (la de Cavestany es más terrenal) en cuatro poemas. Las palabras llegan a los espectadores envueltas en seda; solo cuando se desatan aparecen en toda su crudeza. A veces sobrecogedora, como cuando, en la pieza de Ortiz de Gondra, se enumeran los testimonios de varias mujeres: «Ana G.- Venían, me violaban y se iban. No podría decir cuántos. El cabecilla, Óscar, era el que organzaba los turnos y seleccionaba a las mujeres», cuenta uno de los personajes. No estoy seguro de que la poesía sea la mejor manera de transmitir el horror que hay detrás de las historias, pero es una bella manera de contarlas.

Los siete actores tienen mucha responsabilidad en la hermosura del montaje que, insisto, deja al espectador, a su conciencia y a su imaginación, la tarea de completarlo; se necesitan actores comprometidos con la función, y Mikel Gómez de Segura los tiene, con mención especial para la ilusión arrebatada que muestra Marta Larralde y el turbador y conmovedor relato (desde la mirada, la lágrima, la sonrisa, el gesto, la palabra) de Sandra Ferrús. Junto a ellas, también espléndidos, Josean Bengoetxea, Ángela Cremonte, Carolina Lapausa, Lidia Navarro y Alfonso Torregrosa.

Comentarios

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