La Valdés

La Valdés. Hay pocas actrices que merezcan este «aristocrático» tratamiento. Y estoy convencido de que cuando se les otorga es porque hay en ellas algo especial que trasciende al hecho de ser grandes actrices. Son mujeres de una extraordinaria categoría humana, tanta o mayor que la artística. Era el caso de La Valdés, sin duda. Y baste una anécdota para ilustrar esa grandeza. Hablábamos un día por teléfono, para una entrevista con motivo de algún premio o alguna fecha redonda en su gira de «Carta de amor». La conversación profesional fue derivando hacia lo personal y -la carta del título se la dirige Arrabal a su madre- acabamos hablando de mi madre, con quien me une, muchos lo sabéis, una relación muy especial, fundamentalmente a raíz de la muerte, hace 18 años, de mi padre. María Jesús -La Valdés- me escuchaba hablar de ella, me acariciaba y me sonreía (así lo sentía yo a pesar de que nos separaba la línea telefónica), y antes de colgar me dijo con resolución: «¡Julio, dame la dirección de tu madre, que le voy a mandar unas flores!» «No, María Jesús, no te molestes», contesté. «No es molestia. Quiero hacerlo, porque tiene que ser una mujer maravillosa». «Sí, claro que lo es», dije yo. «Insisto. Espera que vaya a por algo para apuntar y me la das. Tengo yo ese gusto». Y le dí la dirección, claro. Un par de días más tarde mi madre recibió en su casa una hermosa planta. No recuerdo la dedicatoria, pero había en ella un cariño extraordinario. El mismo que yo le he tenido siempre, y el mismo que llena mi recuerdo sobre esta actriz superlativa y, sobre todo, maravilloso ser humano. María Jesús, te mando un beso agradecido.
¡Qué bonita anécdota! Yo la ví un par de veces en el teatro y era impresionante.
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