Rocío Márquez y el nuevo flamenco

Foto: Ivan Maly

Rocío Márquez es una de las más seductoras voces del flamenco actual. El domingo pasado, después de su concierto en Praga, donde estrenó su nuevo trabajo, «Firmamento», nos confesaba a un grupo de periodistas que estaba recibiendo «mucha tralla» por parte de los «puristas» por este disco. En él no solo ha prescindido de la guitarra, sino que cuenta con un heterodoxo acompañamiento: piano, saxofón y percusión. 

Para ella es «una necesidad, no un capricho», aseguraba, y relataba que hace unos años sintió que le había perdido el sentido a cantar de forma tradicional: «Sentía como que le daba al "play" y tuve la necesidad enorme de buscar por otros caminos».

Terminaba también la cantante lamentándose de que todavía había mucho camino que recorrer, muchas telarañas que quitar de muchas cabezas, y que se sentía mucho más libre para cantar en el extranjero«Ahora empieza la cosa a despertarse un poquito», decía en referencia a la «contaminación» del flamenco con otras corrientes artísticas contemporáneas.

Reconoció que en el baile está más aceptada esa «contaminación», y recordó Rocío Márquez que Morente abrió un camino por el que están transitando muchos artistas. Pero... 

El enfrentamiento (algunas veces guerra, especialmente en Andalucía) entre los «puristas» y el «nuevo flamenco» no es, valga la redundancia, nuevo. Hace ya más de veinte años que la discográfica Nuevos Medios publicó varios discos con el título «Jóvenes flamencos», en el que muchos artistas -flamencos y no flamencos- hermanaban este arte con otras formas musicales como el jazz o el pop: desde Ketama a Jorge Pardo, desde Carles Benavent hasta Javier Colina.

Aquella necesidad de los flamencos de nadar en otras aguas (quien nace flamenco, sin embargo, morirá flamenco, haga lo que haga) se ha desarrollado de manera muy diversa. Hubo un «flamenquito» que se ahogó; sus brazadas no tenían recorrido, pero otros nadadores llegaron a la orilla y dieron el relevo a otros que buscaron a su vez nuevas aguas. Ponerle puertas al campo, o al océano, es absolutamente imposible.

El llamado «purismo», o sería mejor llamarlo «tradicionalismo» es absolutamente necesario, y así lo aseguraba también Rocío Márquez, que desde que ha emprendido este nuevo camino vuelve ocasionalmente, pero cada vez con más ganas, a los recitales «por derecho». Pero en el arte, y el flamenco es la manifestación artística más importante que tenemos en la música española (también en la danza), no hay reglas, no hay límites, no hay más verdad que la que guardan dentro los propios artistas.

El flamenco exige sinceridad -y calidad y personalidad- por parte de quien lo interpreta. Y ahí es donde se desnudan los artistas. Se puede cantar «por derecho» y no emocionar ni lo más mínimo, y se puede bordar el límite de la experimentación y poner los pelos de punta. Y Rocío Márquez. con una voz dulce y levemente esenciada, con un alma absolutamente flamenca (no por aprender inglés deja uno de hablar perfectamente el español), es de las que pone los pelos de punta. Por lo menos a mí.  




Comentarios

Entradas populares