«Trágala, trágala», de Íñigo Ramírez de Haro


Hacer comulgar con ruedas de molino es una expresión que significa, según la RAE, creer o aceptar cosas imposibles de creer o de aceptar, o sucumbir fácilmente a un engaño. Y eso, hacernos comulgar con ruedas de molino, es lo que parece querer el dramaturgo Íñigo Ramírez de Haro, de profesión diplomático, al difundir la especie de que su obra de teatro «Trágala, trágala», actualmente en cartel en el Teatro Español, ha sido la causa de su destitución como encargado de Negocios y número dos de la Embajada española en Belgrado.

La obra no es buena, la verdad. Pero hombre, tanto como para destituirle... A Ramírez de Haro lo que le ha perdido es su incontrolable facundia y su carácter lenguaraz, impropios además de un diplomático. En la rueda de Prensa de presentación de «Trágala, trágala», en el Teatro Español, aseguró que la Inquisición seguía mandando en España, y citó por ejemplo lo que, según su testimonio, le había dicho el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo: que no podía nombrarle embajador porque la Iglesia nunca perdonaría que se diera tal cargo al autor de una obra de teatro titulada «Me cago en Dios». Esa indiscreción o calumnia (cada cual puede creer lo que le parezca) me parece suficiente motivo para la medida tomada por el ministro; Ramírez de Haro es un alto funcionario público y hablar así de su jefe no me parece de recibo.

Queda dicha mi opinión sobre este asunto; creo que pretender mostrarse como un mártir de la censura (que, por otra parte, no existe: la obra se sigue representando) es querer hacernos comulgar con ruedas de molino. Algún medio, por cierto, ha comulgado; espero que haya podido hacer la digestión sin mayores consecuencias.



En cuanto a la función en sí, ya he adelantado que no me gustó. El presupuesto de «Trágala, trágala» es atractivo: Fernando VII aparece en el siglo XXI y se da cuenta de que las cosas no han cambiado tanto desde su tiempo. Pero lo que podía ser una crítica sutil e inteligente se convierte en una sátira de brocha gorda, salpicada de chistes y de gags -que fueron respondidos, todo hay que decirlo, por buena parte del público del estreno con sonoras carcajadas-, además de un reader's digest histórico trazado con brocha gorda.

La dirección de Juan Ramos Toro, uno de los miembros de Yllana, es alborotada como el texto, y consigue una función coñona y gamberra; se apoya en las canciones de otro de los grupos punteros de la escena madrileña, Ron Lalá, que no aportan nada, ni positivo ni negativo, al espectáculo. Con todos estos antecedentes, son los actores quienes tienen que sostener a pulso la función, multiplicándose en los distintos personajes que les toca hacer, y entrando en el juego que se les propone con sinceridad, valentía y aplomo. Destaca el enorme y fabuloso Fernando VII de Fernando Albizu, pero el coraje que demuestran (sumado a su calidad) merece que se cite a todos: Jorge Machín, Ramón Merlo, Luis Mottola, Balbino Lacosta, Josheán Mauleón, Manuel Maestro, Ana Cerdeiriña y Paula Iwasaki.

Comentarios

Entradas populares