Mis diez montajes teatrales de 2014
Enfilamos los últimos días de diciembre y, por tanto, los últimos días del año. Tiempo de recopilación y de listas. Y aquí va la mía. Es injusta, como todas las listas, porque se quedan fuera trabajos que no he podido ver y otros que me ha costado dejar fuera... Aquí están las diez producciones que, de una u otra forma, más me han impresionado a lo largo de este año que está a punto de terminar. No os pido que estéis de acuerdo conmigo, y seguro que muchos echaréis de menos algún título, o quitaríais otro. Pero estoy convencido de que, aunque no están todos los que son, sí son todos los que están. Y no hagáis caso del orden.
Adolfo Marsillach creó hace casi treinta años la Compañía Nacional de Teatro Clásico con la intención de tiene como recuperar, preservr, producir y difundir el patrimonio teatral anterior al siglo XX. A lo largo de este tiempo, ha vivido distintas etapas, grises y brillantes, pero en ningún momento ha dejado de caminar. Desde hace tres años la dirige Helena Pimenta, que puso el listón muy alto con su versión de «La vida es sueño», con Blanca Portillo como protagonista. En el festval de Almagro, del que la CNTC es una de sus columnas vertebrales, y donde todos los años estrenan sus nuevas producciones, se presentó este verano «Donde hay agravios no hay celos», una obra de Francisco Rojas Zorrilla, con dirección de la propia Helena Pimenta. Se trata de una divertida comedia de enredo en el que la directora reunió a un reparto integrado por actores habituales de la CNTC junto a otros que se incorporaban a la compañía por vez primera: Rafa Castejón, Marta Poveda, Fernando Sansegundo, David Lorente, Óscar Zafra, Jesús Noguero, Clara Sanchís y Natalia Millán. Juntos componían un afinado coro en una partitura con exigentes intervenciones solistas. Esto escribi en el blog tras su estreno en Almagro: Con pasión e inteligencia, «ha moldeado Helena Pimenta un espectáculo luminoso y soleado, divertido y dulce, vibrante y equilibrado». (...) Un espectáculo digno de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, que adquiere con montajes así (también con «La vida es sueño», claro) su verdadero significado; seguro que era algo así lo que imaginaba Adolfo Marsillach cuando la creó».
Alfredo Sanzol forma parte, como Miguel del Arco, de la élite («minoría selecta». define la RAE) del teatro español. Lo ha logrado gracias a un teatro lleno de frescura, de naturalidad, de profundidad, comunicativo, actual y, algo que a mí me parece muy necesario, comunicativo. No tiene otra pretensión, me parece a mí, que establecer un diálogo con el espectador, lo que equivale a hablarle de manera sencilla de las cosas que le importan, sin aspavientos ni amaneramientos innecesarios. Resulta muy enriquecedor, además, escucharle explicar cómo nacen sus obras y cómo desarrolla las historias, en las que casi siempre hay un pedacito de su propia memoria, de sus raíces, de sus recuerdos. «La calma mágica», que se estrenó en octubre en el teatro Valle-Inclán, dentro de la programación del Centro Dramático Nacional. La función la dirigió él mismo, y el reparto lo conformaban Iñaki Rikarte, Sandra Ferrús, Aitor Mazo, Mireia Gabilondo y Altziber Garmendia. Escribí tras su estreno: «Sanzol perdió recientemente a su padre, y a él, dice, está dedicada esta obra. El dramaturgo se rebela contra su ausencia y ha escrito una obra pensando en que le gustaría, en que lo pasaría bien. Tiene “La calma mágica” las mejores cualidades del autor: la claridad narrativa, la fantasía, la naturalidad de los diálogos, el desenfado y la falta de prejuicios a la hora de contar historias. También su humor, sutil, inteligente y nada superficial. Pero en esta obra, además, hay un grado más de emoción; de hecho, la obra entera puede considerarse como una carta de amor a su padre; no le ha importado disfrazarse de protagonista en la obra para escribirla y rematarla con un monólogo sencillamente conmovedor».
Misántropo
Miguel del Arco ha dejado de ser el «director de moda» y se ha consolidado, por méritos propios, como una de las voces más sólidas, personales y convincentes del teatro español de nuestros días. Hay, supongo, quien aguarda con la escopeta cargada a que alguno de sus montajes no tenga el nivel adecuado pero, por ahora -y tengo la sensación de que por mucho tiempo- van a tener que seguir esperando. Su hasta ahora última propuesta (actualmente trabaja en una versión de «Antígona», con Carmen Machi) ha sido «Misántropo», una adaptación contemporánea del texto de Moliere, en la que contó con los mismos actores -los «kamikazes» con los que hizo «La función por hacer» y que formaban el grueso de «Veraneantes»: Israel Elejalde, Bárbara Lennie, Miriam Montilla, Manuela Paso, Raúl Prieto y Cristóbal Suárez, a los que se sumaba aquí José Luis Martínez. Escribí con motivo de su estreno: «Una función luminosa, clarificadora, sacudidora, divertida e inquietante: todo lo que se le debe pedir a una buena pieza de teatro. (...) Miguel maneja los tiempos y el ritmo con maestría, y condimenta el guiso con innumerables detalles amparado en la música de Arnau Vilá y las luces de Juanjo Llorens. Con ellas viste un conflicto que tiene la búsqueda de la verdad como médula espinal; una verdad que duele, araña, golpea y rompe, por la que hay que pagar un precio que nadie -solo Alcestes- está dispuesto a pagar, y que no es otro que la soledad y el aislamiento». Y una posdata: también vi en el Lliure, hace casi un año, su «operística» versión de «Un enemigo del pueblo», de Ibsen, más canónica, por así decirlo, de otras adaptaciones suyas, pero igual de magnética y seductora.Donde hay agravios no hay celos
Adolfo Marsillach creó hace casi treinta años la Compañía Nacional de Teatro Clásico con la intención de tiene como recuperar, preservr, producir y difundir el patrimonio teatral anterior al siglo XX. A lo largo de este tiempo, ha vivido distintas etapas, grises y brillantes, pero en ningún momento ha dejado de caminar. Desde hace tres años la dirige Helena Pimenta, que puso el listón muy alto con su versión de «La vida es sueño», con Blanca Portillo como protagonista. En el festval de Almagro, del que la CNTC es una de sus columnas vertebrales, y donde todos los años estrenan sus nuevas producciones, se presentó este verano «Donde hay agravios no hay celos», una obra de Francisco Rojas Zorrilla, con dirección de la propia Helena Pimenta. Se trata de una divertida comedia de enredo en el que la directora reunió a un reparto integrado por actores habituales de la CNTC junto a otros que se incorporaban a la compañía por vez primera: Rafa Castejón, Marta Poveda, Fernando Sansegundo, David Lorente, Óscar Zafra, Jesús Noguero, Clara Sanchís y Natalia Millán. Juntos componían un afinado coro en una partitura con exigentes intervenciones solistas. Esto escribi en el blog tras su estreno en Almagro: Con pasión e inteligencia, «ha moldeado Helena Pimenta un espectáculo luminoso y soleado, divertido y dulce, vibrante y equilibrado». (...) Un espectáculo digno de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, que adquiere con montajes así (también con «La vida es sueño», claro) su verdadero significado; seguro que era algo así lo que imaginaba Adolfo Marsillach cuando la creó».Lluvia constante
Los duelos interpretativos han sido con frecuencia sinónimo de éxito en la historia del teatro, especialmente cuando se cuenta, claro, con un texto potente y dos actores de jerarquía. Y, además, son habitualmente baratos de montar, algo que, en nuestros días, es una ayuda fundamental para que el proyecto vea la luz. «Lluvia constante» («A steady rain») es una obra de Keith Huff, que formó parte del equipo creativo de series como «Mad men» o «House of cards»; la estrenaron en Nueva York, hace algo más de cinco años, dos estrellas como Hugh Jackman y Daniel Craig, un cuando menos temible referente para cualquier intérprete que quiera seguir sus pasos. A España llegó de la mano de David Serrano, autor de la versión y director del montaje que protagonizaron en los teatros del Canal Roberto Álamo y Sergio Peris Mencheta, en un duelo intenso y vibrante. En «Lluvia constante» dan vida a dos policías de Chicago prácticamente de manual (el que se ha escrito en las muchas películas de policías), envueltos en una incómoda situación. «El texto de Huff -escribí con motivo de su estreno- resulta seductoramente abrupto y brillantemente rugoso. El autor busca que el público perciba que las palabras de los dos policías tienen la aspereza de una lija, su imperfección y su poder de ir horadando la superficie lentamente y con un dolor sordo». David Serrano «ha contado con la inestimable colaboración de Roberto Álamo y Sergio Peris-Mencheta. El primero encarna a un hombre vehemente, sanguíneo, precipitado. El segundo es reflexivo, depresivo y callado. Pero no sabe uno del lado de cual quedarse. Hablo de los personajes y también de los actores, soberbios, entregados, carnosos, magnéticos. Con el pincel más fino para dibujar cada uno de los contrastes, que el director subraya con precisión».La calma mágica
Alfredo Sanzol forma parte, como Miguel del Arco, de la élite («minoría selecta». define la RAE) del teatro español. Lo ha logrado gracias a un teatro lleno de frescura, de naturalidad, de profundidad, comunicativo, actual y, algo que a mí me parece muy necesario, comunicativo. No tiene otra pretensión, me parece a mí, que establecer un diálogo con el espectador, lo que equivale a hablarle de manera sencilla de las cosas que le importan, sin aspavientos ni amaneramientos innecesarios. Resulta muy enriquecedor, además, escucharle explicar cómo nacen sus obras y cómo desarrolla las historias, en las que casi siempre hay un pedacito de su propia memoria, de sus raíces, de sus recuerdos. «La calma mágica», que se estrenó en octubre en el teatro Valle-Inclán, dentro de la programación del Centro Dramático Nacional. La función la dirigió él mismo, y el reparto lo conformaban Iñaki Rikarte, Sandra Ferrús, Aitor Mazo, Mireia Gabilondo y Altziber Garmendia. Escribí tras su estreno: «Sanzol perdió recientemente a su padre, y a él, dice, está dedicada esta obra. El dramaturgo se rebela contra su ausencia y ha escrito una obra pensando en que le gustaría, en que lo pasaría bien. Tiene “La calma mágica” las mejores cualidades del autor: la claridad narrativa, la fantasía, la naturalidad de los diálogos, el desenfado y la falta de prejuicios a la hora de contar historias. También su humor, sutil, inteligente y nada superficial. Pero en esta obra, además, hay un grado más de emoción; de hecho, la obra entera puede considerarse como una carta de amor a su padre; no le ha importado disfrazarse de protagonista en la obra para escribirla y rematarla con un monólogo sencillamente conmovedor».









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